Un mambí mental del siglo XX: Fernando Ortiz a través de su correspondencia

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Un mambí mental del siglo XX: Fernando Ortiz a través de su correspondencia

Escrito por Cira Romero (Publicado en la revista La Gaceta de Cuba, no. 2, de 2019)

Hace unos meses, tras recibir el Premio “Carlos Fuentes”, Luis Goytisolo se preguntaba si la novela sobreviviría a la abducción generalizada por los teléfonos celulares, a ese “constante tecleo sobre la pequeña pantalla”. La misma pregunta puede despejarse de manera mucho más fácil cuando de cartas se trata. Las cartas, sobre todo las personales, se han convertido en documentos casi en desuso ante la embestida de los adelantos tecnológicos.  Negar los beneficios del correo electrónico y otros medios de rápida comunicación que las han ido desplazando, es como querer impedir que alumbre la luz del sol. Hemos ido aceptando que, lo que ha sido considerado por algunos teóricos un género literario, pierde cada vez más el espacio que alcanzó desde hace varios siglos. Por suerte, sin embargo, aún quedan, en Cuba y en el resto del mundo, cartas de épocas pasadas, a través de las cuales sentimos el placer de conocer lo que fue escrito para ser leído solo por dos personas.

Todavía se publican epistolarios de nombres muy relevantes de la cultura universal. Esta especie de “violación de correspondencia” que ejercemos cuando leemos textos de tal naturaleza, nos provoca a veces cierto pudor. Como dijera Félix Lizaso al introducir el libro Epistolario de José Martí (1930-1931), esa sensación desaparece cuando nos adentramos en lo que muchas veces resulta un “chorro de claridad lanzada fuera que permite, deseando su propio camino, un atisbo del fuego vivo que la produjo. Muchas cartas reunidas agrandan más y más la ventana que deja ver el interior”. 

 La metafórica ventana a la que aludía Lizaso se nos abre cuando accedemos a los cuatro gruesos volúmenes de Correspondencia de Fernando Ortiz.[2] Dentro de la papelería de este autor aún hay textos inéditos, no obstante la labor de rescate y divulgación de esta obra emprendida por la fundación que lleva su nombre, y dirigida por Miguel Barnet. Ahora estamos en presencia de una nueva dimensión de Ortiz como autor, algo que, al parecer, hubiera sido imposible encontrar cuando tanto se ha escrito y publicado sobre el bien llamado “tercer descubridor de Cuba”. La selección de esta correspondencia, escrita entre 1922 y 1962, a cargo de Trinidad Pérez Valdés —quien es responsable, además, del aparato crítico que acompaña  a cada texto— no solo confirma la trascendencia de los acontecimientos allí descritos, sino  que ayuda a completar la imagen poliédrica de Ortiz como figura capital, forjadora de vocablos trascendentes como afrocubano y transculturación,  y a quien se debe  la colocación,  en su sitio exacto, de la cultura del negro cubano y del resto del área antillana.

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Correspondencia de Fernando Ortiz. 1920-1929. Bregar por Cuba. Tomo I de V

Variada, concisa, esta documentación, reúne misivas que, entre 1922 y 1929, Ortiz remitió a destinatarios que colaborarían en su labor investigativa.
Editorial

Fundación Fernando Ortiz

N° de páginas

360

Publicado

2014

Autor

Fernando Ortiz

Los tomos, aparecidos entre 2014 y 2018, están organizados por períodos y titulados de manera alegórica: de 1920 a 1939 (“Bregar por Cuba”), de 1930 a 1939 (“Salir al limpio”), de 1940 a 1949 (“Iluminar la fronda”) y de 1950 a 1962 (“Ciencia, conciencia y paciencia”) El título del último se corresponde con lo que fue lema en el quehacer de Ortiz. Fue posible componer los volúmenes gracias a que, en su momento, Ortiz se hizo acompañar de expertos secretarios que tomaran al dictado sus cartas o transcribieran sus manuscritos.  Estaba convencido de que su “caligrafía infernal” lo requería, y esta práctica dejó textos mecanografiados, de los que siempre se guardaban copias, que quedaban además, ordenadas en sus archivos.  Cuando se habla de estos colaboradores, por lo general, se citan los mismos nombres: Pablo de la Torriente, Rubén Martínez Villena, Enrique Serpa y Conchita Fernández, la bien llamada “secretaria de la República” pues trabajó también con Eduardo Chibás, y Fidel Castro. La dedicatoria del retrato que Jorge Arche pintó para Ortiz y que este obsequió a Conchita, confirma los enigmas de su caligrafía: “A Conchita na má, insuperable traductora de mis jeroglíficos durante 12 años de mis años, con cariño. Habana, junio 22, 1941”.

 Pero, como afirma Trinidad Pérez en sus reflexiones en la Correspondencia…, también colaboraron tomando nota y transcribiendo los textos de Ortiz, Herminio Portell Vilá, Adrián del Valle, Camila Henríquez Ureña, Juan Marinello, Fermín Peraza, Luis Alejandro Baralt, Piedad Maza y hasta quien Ramón Grau San Martín, quien sería, años después, presidente de Cuba. Además, trabajaron con él Aida Santamarina, Celeste Marrero, Félix Danger (hijo adoptivo de Don Fernando), Elia Fernández y Marta Martínez. A este numeroso grupo, donde quizás falten algunos nombres, hay que agradecer que esta correspondencia haya llegado a nuestros días y que podamos acceder a un material precioso que Trinidad Pérez ha contribuido a enriquecer de manera original y erudita.

Estamos ante una cuidadosa selección, donde se han tenido en cuenta aquellas cartas —cientos por demás, en un conjunto de miles de documentos de esta naturaleza— donde el sabio abordó siempre temas de interés en su trayectoria intelectual, mientras quedaron a un lado las que eran, simplemente, notificaciones del recibo de un libro u otros asuntos de menor significado. Dotado de una enorme capacidad de trabajo para, a un tiempo, investigar y escribir en sus famosas papeletas sobre criminología, etnología, folclor, literatura, lingüística, antropología, arqueología, jurisprudencia —y solo menciono algunas de sus facetas más productivas—, que luego fueron trasladadas a libros, no podía menos que mostrar esta sabiduría también en sus cartas, que, no obstante, están despojadas de retórica. No se espere encontrar en ellas, como apunta Barnet en su nota introductoria, “un catauro de intriguillas ni un inventario de quejas e insatisfacciones”. Ortiz siempre fue lacónico en sus misivas, cuyo contenido se caracteriza por ser sobrio. Algunas reflejan premura, debido a su intenso ritmo de trabajo. 

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Correspondencia de Fernando Ortiz. 1930-1939. Salir al limpio. Tomo II de V

Reúne misivas que, entre 1930 y 1939, Ortiz remitió a sus más cercanos amigos y colaboradores. Aparecen   referencias a los acontecimientos de su …
N° de páginas

444

Publicado

2014

Editorial

Fundación Fernando Ortiz

Cada una de las misivas escogidas refleja las ideas del autor alrededor de algún proyecto, como es el caso de la fundación de la Sociedad del Folklore Cubano (1923-1931), instituida para “acopiar, clasificar y comparar los elementos tradicionales de nuestra vida popular”. La Fundación fue auspiciadora, además, de la revista Archivos del Folklore Cubano (1924-1930), donde trabajaron, de conjunto, José María Chacón y Calvo, Emilio Roig de Leuchsenring, Carolina Poncet, Mariano Brull y Joaquín Llaverías, entre otros.

También están las cartas donde se puede seguir todo el proceso del establecimiento de la Institución Hispanocubana de Cultura (1926- 1947), creada con el fin de incrementar las relaciones intelectuales entre Cuba y España por medio del intercambio de hombres y mujeres de ciencia, artistas y estudiantes. Aparecen, de igual modo, misivas relacionadas con la Sociedad de Estudios Afrocubanos (1936), fundada para “estudiar con criterio objetivo los fenómenos (demográficos, económicos, jurídicos, religiosos, literarios y artísticos, lingüísticos y sociales en general) producidos en Cuba por la convivencia de razas distintas, particularmente de la llamada negra de origen africano, y la llamada blanca o caucásica […] para lograr la mayor compenetración igualitaria de los diversos elementos integrantes de la nación cubana hacia la realización de sus comunes destinos históricos”.

Esta última contó, también bajo la dirección de Ortiz, con la revista Estudios Afrocubanos (1937-1940; 1943-1946), quebrantada en su primera etapa por la insuficiencia de fondos y las carencias de papel debido al estallido de la II Guerra Mundial, y renacida con tales impulsos que, en su campo de acción, llegó a tener una calidad insuperable, además de acometer una empresa ardua y casi irrealizable para la época.

También dan fe estas cartas de la fundación, en 1942, del Seminario de Etnografía Cubana, de la celebración de numerosos congresos de Historia organizados por Ortiz, de sus gestiones al frente del Instituto Cultural Cubano-Soviético (1945) y su labor en la que llamó “Hija criolla del Iluminismo”: la Sociedad Económica de Amigos del País, de larga y vital existencia desde el lejano 1793.

En otras, como las contenidas en los volúmenes I y II, se alude a acontecimientos que contribuyeron a una reformulación en la labor intelectual y científica de Ortiz, e, incluso, en su vida personal. El tercer volumen contiene cartas de las décadas más productivas de su labor científica y cultural con el fin de promover, dentro y fuera de la Isla, la cultura cubana.  Este tomo concluye el dosier “Un viaje al Oriente cubano: la otra Cuba”, sobre el periplo realizado por esa zona del país a finales de 1948 en compañía de su esposa, María Herrera. Lo integran, en su mayoría, cartas remitidas a él por personas de poca instrucción escolar, pero dotadas de una gran sensibilidad. En esta travesía por Manzanillo, Santiago de Cuba, Alto Songo, La Maya y Bayamo, entre otros lugares, pudo acercarse a esa Cuba reyoya sobre la que tanto investigó. Durante ese recorrido se acercó a costumbres de variado carácter y tuvo interlocutores como Arsenio Fonseca Dorado, uno de los más destacados colaboradores de Ortiz. No era practicante religioso, pero se empeñó en darle pormenores de las ceremonias a las que pudo asistir. Así, leemos en su carta del 9 de diciembre de 1948:

“Confíe en mí, que yo quiero servirle de todo corazón. En días pasados, fui a una ceremonia de lavado de cabeza, y acción de poner los collares, y no pude ver más que la ceremonia de la matanza; el resto, me fue total y absolutamente vedado, no protesté, así se empieza creo yo (…) vi hacer el morfiribale[3] final desde un ángulo que me ofrecía una puerta medio abierta.  Al día siguiente fui a la comida de las aves, más tarde se tocó y bailó y me dieron de beber el chequeté[4] del que no había oído hablar”.

El tomo final muestra cartas que contienen informaciones relacionadas con las tareas cotidianas del investigador, tales como redactar sus estudios, preparar discursos y conferencias. A la altura de 1958 le confesaba a su amigo boliviano Fernando Diez Medina: “Prácticamente no hago nada. Solo leer de cuando en cuando, pues el exceso de equipaje de mis años me ha ido menguando las energías. ¡Con tantas cosas que están por hacer!”.

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Correspondencia de Fernando Ortiz. 1940-1949. Iluminar la fronda. Tomo III de V

Reúne misivas de Fernando Ortiz escritas entre 1940 y 1949. Este periodo de la vida científica y personal del estudioso cubano constituye, tal vez, …
Autor

Fernando Ortiz

Editorial

Fundación Fernando Ortiz

N° de páginas

622

Publicado

2018

 Las cartas hablan de múltiples preocupaciones cívicas y científicas de Ortiz y dan a conocer parte de su mundo interior, marcado desde joven, por la avidez de conocimientos y  la voluntad de  conducir los proyectos más audaces. Especie de vademécum de sabias exploraciones, se aprecia en ellas su largo bregar creativo, conocemos su estilo de trabajo y, sobre todo, su tesón.  En no pocas solicita información, pero, en la mayoría, la ofrece sin reparo alguno, poniendo en alto su vocación de servicio y de servir a los otros. Da fe de que su incursión en la lingüística es “andanza que solo a mi osadía debe achacarse”, y se lamenta de que, a la altura de 1924, “los estudios cubanos aún no han penetrado en esa selva de los lenguajes africanos, y se han perdido los tesoros de su folclor literario”. El humor aparece a veces, como cuando llama al caricaturista Conrado Massager “minorista cimarrón” o cuando supone, en carta a su gran amigo José María Chacón y Calvo, ferviente católico, que ande en uno de “sus trances de misticismo franciscano”. También llama a este último, además, “misionero activo”, sumergido en el “éxtasis franciscano” o en “arrobamiento místico”, muy “cerca del cielo”, pero siempre a su lado en “la fraternidad folclórica, como ñáñigos”.

 Fernando Ortiz no fue hombre dado a discrepancias intelectuales, a diferencia de otros grandes discutidores cubanos, como Jorge Mañach, quien fuera polemista por excelencia.  Pero al publicarse Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940) el antropólogo e historiador norteamericano Melville Jean Herskovits objetó el término transculturación, creado por el cubano, en oposición al suyo de aculturación, lo cual generó alguna discrepancia entre ambos. Los dos tuvieron divergencias con lo relacionado a la fundación, en 1943, del Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos, cuya sede, según la propuesta de Herskovits y sus seguidores, debía ser los Estados Unidos. Para el cubano, sin embargo, los medios académicos norteamericanos no eran los más apropiados para realizar una labor que involucrara a América Latina. Finalmente, el instituto fue creado en México y ello vino a agriar aún más la animosidad entre ambos. De toda esta incómoda situación Ortiz da cuenta en cartas a Julio Le Riverend, Rómulo Lachatañeré, Jorge Vivó y el peruano Fernando Romero, entre otros destinatarios.

 A propósito de los destinatarios, resulta imposible mencionar otros nombres. Entre los cubanos, además de los mencionados, estuvieron Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Jorge Mañach, Regino Pedroso, Felipe Pichardo Moya, Raimundo Lazo, Carlos Rafael Rodríguez, José Juan Arrom, Cintio Vitier y Emilio Ballagas. Entre los extranjeros, Alfonso Reyes, María Zambrano, Bronislaw Malinowski, Leland H. Jenks, Stefan Sweig, Harriet de Onís, Germán Arciniegas, Rómulo Gallegos, Alejandro Lipschutz, Luis Cardoza y Aragón, Salvador de Madariaga y Fernando de los Ríos.

 La importancia de este epistolario se acentúa, como dije anteriormente, gracias al enjundioso acompañamiento crítico, imprescindible para contextualizar cada carta. Trinidad Pérez Valdés optó por un método poco frecuentado en este tipo de obras, donde no se incluyen las respuestas de los destinatarios, sino que aludió a ellas en su texto, enriquecido, además, con datos minuciosos provenientes de las más diversas fuentes. A ello se suma que cada tomo cuenta con notas introductorias, de la propia antologadora; con una Nota al lector, en el tomo III, de la autoría del investigador Enrique López Mesa; y con dos índices, uno general de las cartas incluidas, agrupadas por años, y otro analítico. Los libros contienen también testimonio gráfico. 

 A Raúl Roa se debe la idea de que “Ortiz ha descollado con luz propia donde quiera que ha metido su monstruoso entusiasmo y su poderoso cerebro”. Con la publicación de esta selección de su correspondencia esa luminiscencia se acrecienta, porque nos descubre e ilustra el quehacer de un verdadero conquistador de la cultura cubana, a la que interpretó desde la lucidez de sus indagaciones y la vitalidad de su quehacer.                                                                       


[2] Estaría por aparecer un quinto volumen, que incluiría una selección de cartas dirigidas al estudioso.

[3] Bebida que se ofrece en honor a los orishas.

[4] Vocablo de origen lucumí. Señala inmortalidad.

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